Una nueva criatura

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UNA NUEVA CRIATURA


por Arturo W. Pink (1886-1952)


     Hay dos cosas que son absolutamente esenciales para poder recibir la salvación: la liberación de la culpa y del castigo del pecado y la liberación del poder y de la presencia del pecado. Uno se efectúa en la obra de reconciliación de Cristo y el otro se realiza en la obra eficaz del Espíritu Santo. Uno es el bendito resultado de lo que el Señor Jesús hizo para el pueblo de Dios, y el otro es la consecuencia gloriosa de lo que el Espíritu Santo hace en el pueblo de Dios. Uno sucede después de haber sido humillado hasta el polvo como un mendigo destituido, cuando la fe echa mano de Cristo. Entonces Dios lo justifica de todas las cosas, y el pecador creyente, temblando y penitente, recibe un perdón completo y gratuito. El otro sucede paulatinamente en diferentes etapas bajo la divina bendición de la regeneración, la santificación y la glorificación. En la regeneración, el pecado recibe su herida mortal aunque no se muere del todo. En la santificación se le muestra al alma regenerada la profundidad de la corrupción que mora dentro de ella y se le enseña a despreciarse y odiarse a si misma. En la glorificación, el alma y el cuerpo son librados para siempre de todo vestigio y efecto del pecado.

     (Nota del editor: En el primer párrafo, el autor menciona 2 cosas esenciales para la salvación: 1) la obra divina para el pueblo de Dios, y 2) la obra divina en el pueblo de Dios. Entonces menciona 3 etapas de la obra divina en el pueblo de Dios: la regeneración, la santificación, y la glorificación. El resto de este estudio se enfoque en la primera etapa de la obra divina hecha en el pueblo de Dios: la regeneración.)

     La regeneración es absolutamente necesaria para que un alma entre en el cielo. Para poder amar las cosas espirituales un hombre tiene que ser transformado espiritualmente. El hombre natural puede oír estas cosas pero no puede amarlas (2 Ts. 2:10) ni hallar su gozo en ellas. Nadie puede morar con Dios y estar feliz para siempre en su presencia hasta que se haya hecho un cambio radical en él. Esto es una transformación de la pecaminosidad a la santidad. Y este cambio tiene que realizarse aquí mismo en la tierra.

     ¿Cómo puede uno entrar en un mundo de santidad inefable después de haber pasado toda su vida en el pecado, agradándose a si mismo? ¿Cómo podría cantar el cántico del Cordero si su corazón no haya sido concertado con él? ¿Cómo podría aguantar contemplar la gran majestad de Dios cara a cara sin ni siquiera haberlo visto como “por espejo, oscuramente” con el ojo de fe? Tal como le duelen y le molestan mucho los ojos cuando sale a la luz del sol de mediodía después de estar en la oscuridad, así también será cuando los inconversos contemplen a Aquél quien es la luz. En vez de querer tal panorama, “todos los linajes de la tierra se lamentarán sobre él” (Ap. 1:7). Sí, tan abrumadora será su angustia que clamarán a las montañas y a las rocas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de aquél que está sentado sobre el trono y de la ira del Cordero” (Ap. 6:16). Y, mi querido lector, ésta será tu experiencia a menos que Dios te regenere.

     Lo que sucede en la regeneración es lo contrario de lo que sucedió en la caída (cuando Adán pecó). La persona que nace de nuevo es restaurada a una unión y comunión con Dios a través de Cristo y la operación del Espíritu Santo. Él que estaba muerto espiritualmente, ahora está vivo espiritualmente (Juan 5:24). Tal como la muerte espiritual vino por la entrada de un principio malo en el hombre, de la misma manera la vida espiritual es la introducción de un principio santo. Dios le comunica un principio nuevo, tan real y tan potente como lo es el pecado. Ahora se le brinda la gracia divina, y una disposición santa se desarrolla en su alma. Se le da un espíritu diferente al hombre interior. Pero no se crean nuevas facultades dentro de él sino que más bien se enriquecen sus facultades originales y éstas adquieren nobleza y poder.

     Una persona regenerada es una nueva criatura en Jesucristo (2 Co. 5:17). ¿Lo eres tú? Que cada uno de nosotros se examine en la presencia de Dios por medio de las preguntas que siguen. ¿Cómo está mi corazón respecto al pecado? ¿Existe una humillación profunda y una tristeza que es según Dios, después de haber cedido a él? ¿Existe un odio genuino en contra del pecado? ¿Tengo una conciencia tierna que me perturba en esas cosas que el mundo denomina “pequeñeces”? ¿Me siento humillado cuando estoy consciente del surgimiento del orgullo y de mi propia voluntad? ¿Aborrezco mis corrupciones internas? ¿Están mis deseos muertos al mundo y vivos para con Dios? ¿En qué medito en mis tiempos libres? ¿Me parecen los ejercicios espirituales tiempos de alegría y placer o molestos y como cargas pesadas? ¿Puedo decir verdaderamente: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.” (Salmo 119:103)? ¿Es la comunión con Dios mi gozo más grande? ¿Es la gloria de Dios más preciosa para mí que todo lo que el mundo me ofrece?

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SIETE COSAS NUEVAS
que todos los creyentes poseen ahora

1. El Arrepentimiento - Una mente nueva respecto a Dios (Hechos 20:21).
2. La Justificación - Un estado nuevo delante de Dios (Romanos 4:25).
3. La Regeneración - Una vida nueva de Dios (Tito 3:5).
4. Una Conversión - Una actitud nueva hacia Dios (Mateo 18:3).
5. Una Relación Filial - Una nueva relación con Dios (1 Juan 3:1).
6. La Santificación - Una posición nueva delante de Dios (Judas 1).
7. La Glorificación - Una morada con Dios (Romanos 8:30).